Aún no se disipaban en sus oídos, aún no lograban evadirse de sus retinas, los ecos y las imágenes de la derrota. Y, sin embargo, París, la vieja, la inmemorial París, la ciudad hacia la cual se dirigían, espejo de cuerpo entero y núcleo de Francia, debía dormir apaciblemente a esa hora, ignorante de los resultados de una batalla que ya llevaba dos días de librada, y que sin duda iba a cambiar la faz del mundo.