LA TEJEDORA DE CORONAS - FRAGMENTO

Federico amaba el mar y, en varias ocasiones, había ido con aquellos hombres de tez curtida y se había sentido muy excitado con la pesca de la tintorera, grande y saltarina como un látigo arqueado en el aire, peligrosa y de basto empaque, con dentadura afilada como sierra a flor de la boca despectiva de media luna, rebelde al arponeo de la fisga de tres dientes, debatiéndose y haciendo saltar el agua en violentas florituras de espuma ante la vista de ese muchacho tan amado cuyo amor por el mar era hereditario, ya que por algo era hijo de marinero y las profundidades marinas lo atraían con igual poder que la esfera celeste sembrada de parpadeantes hachoncillos, con igual poder porque había en ambas una misma dimensión  de misterio, una análoga posibilidad de aventura y no solo de aquella a riesgo de daño físico, sino esa otra, la de la imaginación, donde nada era imposible y los antiguos monstruos quiméricos iban adquiriendo una fisonomía familiar (…)