Federico lo corrigió en el sentido de no haber regresado, pues nunca se había movido de allí, sólo que no era visible sino a determinadas horas, y ahora rió francamente, ante la consternación de mi hermano, quien suspiró pidiendo a los santos de su devoción que ojalá a Echarri no se le ocurriera mirar hacia las alturas en las horas a que ese dichoso planeta le daba por dejarse ver, frase que hizo estallar a Federico en gozosas risotadas, para tratar de hacerle ver que ese cuerpo celeste no era invención ni hechura suyas, que él no era Dios, que ese punto de luz había estado por los siglos de los siglos moviéndose en su órbita alrededor del Sol, y únicamente, en lo cual puso un dejo burlón, esas personas sin fantasía que nunca observan la bóveda del cielo habrían dejado de verlo (…)