Te amo, Mabel, te amo.
Ella nada repuso y volvió a buscar mi boca. La irrupción de la muerte suele poseer una magia inversa, que consiste en afincar el amor a la vida y era este el que desbordaba en nosotros. Arrebatado por la inspiración, oprimí una mano de Mabel y de ella la arrastré, locamente, hacia las escaleras y, ganados todos los escalones, hacia mi alcoba. Ella callaba.
Nos tendimos en el lecho y proseguimos el beso interrumpido. Nos palpábamos ahora con ansia; recorrían mis manos su cuerpo y las suyas el mió, en una especie de exhalación o de excelsitud. Ignoro en qué momento desabroché su chaqueta, me despojó ella de la mía. Sé que me vi, lleno de urgencias, desapuntar mis pantalones y la vi a ella desceñir su falda de pálido lila. Un poco mas tarde, al emerger el rizado triángulo de su sexo, la estreché por los hombros para penetrarla lo más pronto, no fuera que el felón universo resolviese hacer de aquello un sueño antes que ese afán hallara sosiego. Nos amamos larga y minuciosamente. Cuando todo concluyó encendí el ritual cigarrillo
(Sólo fumo a continuación del amor) y, apaciguado, cubrí con mi mano el sexo de Mabel cual si lo reclamara por toda la eternidad.