EL SIGNO DEL PEZ - FRAGMENTO

En las calendas de agosto del año 817 de Roma o, lo que es igual, 109 del calendario juliano o, para mejor comprensión, 64 de nuestro calendario gregoriano, el César Nerón recibió una acta suscrita por el prefecto del pretorio romano, Sofonio Tigelino, y por varios cuestores y ediles de la ciudad, en la cual se hacían, a su modo de ver, aseveraciones alarmantes.

El alma del Emperador se hallaba turbada hacía días. En el momento de serle entregada el acta, por lo menos tres cuartas partes de Roma, que antes de Augusto era una ciudad de ladrillo y ahora era una ciudad de mármol, se encontraban reducidas a cenizas o a piedra denegrida. Un hollín pertinaz flotaba sobre su cabeza e inundaba sus pulmones. Afuera, el pueblo gemía de intemperie y bramaba de indignación, mientras vagabundeaba en busca de desperdicios aprovechables. El fuego, misteriosamente iniciado cerca de la Puerta Capena y del Transtíber, había consumido las barriadas del Velabro, de las Carinas, del Palatino y del Foro. Pavesas eran el altar de Hércules, el Santuario Lunar de Servio Tulio, el templo de Vesta, de Júpiter Stator. El propio Mar Interno se enlutecía con una capa cineraria arrastrada por el viento.