Pero te ruego terminar de escuchar mi historia. Es imperativo que te la cuente ahora. Será una manera de redimirme. Aquel cura de Santo Toribio era un hombre de edad mediana, guasón, regocijado. Nos dejaba golosinas en la sala para que las halláramos a nuestra llegada del colegio, mientras él se solazaba con mi madre. A mis doce años la situación me laceraba como la gota periódica que llega a hacer un orificio en la piedra. Comprendía que un hombre de la nobleza del Ottorino Rimbaldi era vejado día a día, sin que atinara a intuir siquiera nada para defenderse. El solo pensarlo me destrozaba. Una mañana, mientras buscaba en el armario de mi padre por ver si encontraba unos calcetines que echaba de menos, di en cambio con el objeto fatídico. Estaba allí, reluciente, terso, frió como una moneda antigua. También cargado. Era el revolver que mi padre había adquirido para precaverse de ladrones nocturnos. Sin pensarlo dos veces, lo escamotee bajo algunas prendas y fui a guardarlo en mi pequeño velador. Esa tarde, el cura quiso hacernos arrumacos y entregarnos en persona las golosinas. Rechacé las mías con gesto agrio. Cuando se hubo marchado, saque el arma de su escondite, abrí con violencia la recámara de mi madre. La vi totalmente desnuda, aseando sus entrepiernas de las secreciones del sacerdote. Sin detenerme a meditar, hice fuego sobre ella. Uno de los proyectiles abrió un agujero en su cráneo. Cuando volví la vista, contrariamente a como te lo narré en argentina, advertí que mi hermana había presenciado todo el suceso y apenas podía balbucear palabra. |