AITANA - FRAGMENTO

Hundo el remo y voy navegando, con Aitana sentada frente a mí, en un bote pequeño por una corriente del color de la gaseosa de naranja que vierte la fuente en el área social de la clínica. En cierto modo, navego por esa fuente porque nos hemos reducido de tamaño y somos dos ufanos liliputienses en una embarcación de papel. Aitana, cuya cabellera negra y viva como una llamarada agita una brisa leve, me sonríe con su rostro juvenil: estamos recién casados y empezamos apenas a saborear la felicidad, pero esta no me resultará asequible, no sabrá extenderse en el tiempo al menos que consiga pacificar la sed que muerde mis entrañas como un perro rabioso. Y el elemento que puede hacerlo es, por supuesto, este mismo en el cual hundo el remo para impulsar el bote. Sí, sí, voy a inclinarme y me abrevaré  en esta piscina generosa, cuyas linfas manan sin cesar de esas dos enormes bocas de serpiente y por fuerza han de poseer también una virtud salutífera. Aitana se apresta a sujetarme para que no se deslice hacia ellas todo mi cuerpo y naufrague sin remedio yo que no sé nadar. Va a tocar ya mis labios el líquido cuando siento que una mano me presiona el hombro y embute a continuación unos comprimidos de amargo sabor en mi boca. Es, ay, la enfermera que me ha devuelto al aposento de hospital y me obliga a tragar las medicinas sin rebajarse a pedirme que las acepte de buen grado, sino introduciéndolas con violencia en lo  que debe considerar mi hocico, el hocico de este bestión nauseabundo en que me he convertido y que en vano intenta protestar con gruñidos irracionales y con esfuerzos por alzar el brazo y retirar su mano que no van a rodar con fortuna, pues sigo atado al mamotreto aborrecible.