En mi país, cualquier dislate que un comentarista de cierto prestigio aviente en el extranjero acerca de un autor nacional, por entrañable que éste deba resultarnos, es acogido sin la menor reserva, sobre todo por esos gurruminos o retacos de la crítica de salón, ávidos de posar en aderezos a la última moda. Tal fue el caso, hace algunos años, de la andanada que Octavio Paz decidió arrojar sobre la poesía de Porfirio Barba Jacob, acusándola de modernismo tardío y tratando de borrarla de una plumada. Los grupúsculos al dernier cri la recibieron con vítores y pensaron poder para siempre destituir y desembarazarse de uno de los poetas no sólo mas altos sino también más representativos que hayamos producido.
Sin hacer de lado, por supuesto, la admiración que Octavio Paz me ha inspirado como ensayista, por obras como Cuadrivio, donde hay dos piezas maravillosas: una sobre Rubén Darío y otra sobre Fernando Pessoa, diré que he tomado así mismo con beneficio de inventario ciertas posiciones suyas asumidas cuando creía en peligro el señorío absoluto sobre las letras mexicanas. Actuó él por largos años como un déspota sobre el mundo literario de su país(…) |