LUIS CARLOS LÓPEZ POR GERMÁN ESPINOSA - FRAGMENTO

En una de las escasísimas declaraciones que, en su nada corta vida, se animó a dar a periodistas, Luis C. López afirmó: “Soy eminentemente anfiscio y Carta-gena lo es en sumo grado”.  Anfiscio, para quien no lo sepa, no es otro que el ha-bitante de la zona tórrida, cuya sombra, al mediodía, mira ya al norte, ya al sur, según la época del año. Al definirse como tal, el poeta fijaba una posición ante el mundo. Nunca quiso ser otra cosa que un hombre del trópico, un residente de Cartagena de Indias, ciudad que por muchas razones le resultaba más habitable que las demás, cómoda como un par de zapatos viejos. Yerran, pues, quienes, como inefable doctor Estanislao Zuleta, piensan que López “no pudo encontrar en su tierra un refugio ni una realización”. Muy al contrario, por sus relaciones po-líticas pudo haberse dado el lujo de vivir en el lugar del mundo que escogiera, y prefirió –salvo por dos temporadas- su terruño natal, pese a las ironías que, en el ámbito de su literatura, pudiese éste inspirarle.