Refiere André Bretón en el Manifiesto del surrealismo cómo cada día, en el momento de dormir, Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su residencia de Camaret un letrero en el que podía leerse: “El poeta trabaja”. Para explicarnos tal convicción, sirvan acaso estas palabras del propio Breton en el Segundo Manifiesto…: ”Todo inclina a creer que existe cierto punto del espíritu desde donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro ,lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejan de ser percibidos como contradictorios”.
Ese punto se ubica probablemente en la actividad onírica y no en el mundo de la vigilia, en donde la lógica a la que estamos acostumbrados puede privarnos de ciertas inferencias maravillosas. En él aflora, para seguir citando a Breton, “lo que se trama sin que el hombre lo sepa en las profundidades de su espíritu”. No sobra consignar aquí lo que el Vedanta, esto es, uno de los seis sistemas filosóficos del brahmanismo ortodoxo, predica de los sueños: los considera uno de los diversos aspectos de la manifestación.