Piensan –no sé con cuánta razón- los entusiastas de la teología neoescolástica que toda la filosofía, con su interrogación acerca del ser, toma necesariamente posición respecto a Dios. La idea proviene, claro, de una noción de Dios como fundamento primitivo –Ur-grund– del ente multiforme que constituye el mundo. El prefijo alemán Ur (antiguo o primordial) intenta ser, supongo, una coraza contra los peligros del panteísmo. Imaginar que, en consecuencia, toda novelís-tica, con su interrogación acerca del hombre, asimismo se ve forzada a tomar posición respecto a Dios, sugerente y tentador. Mejor sería quizá pensar que cualquier interrogación, por modesta que sea, al revolver la esencia de las cosas, apunta hacia la búsqueda de Dios. Sea como fuere, me inclino a creer que toda novelística, como toda filosofía, se compone (o debería componerse) de una sucesión de interrogaciones, en forma estrecha relacionadas con el elemento del mundo. La teoría desfallece frente a determinados autores; pero se fortalece y hasta se adorna con una sonrisa de triunfo ante otros. No creo equivocarme si afirmo que, entre estos últimos, se cuenta Ernesto Sábato.
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