Una acepción extensiva y otra figurada nos enteran, más adelante, de que lo mis-mo podemos llamar lenguaje a cualquier conjunto de señales que den a entender cualquier cosa (el silbido a las mujeres, por ejemplo, o el “lenguaje de las flores”, que caen, claro está, en dominios de la semiótica), como general o individualmen-te a los gritos, voces, cantos o señales que emplean los animales para comunicar-se con los de su misma especie. Llegados a este punto, vemos que los poetas y literatos no andaban tan descarriados ni utilizaban simples tropos retóricos al referirse al idioma de las aves o el de los puños. Hasta el silencio más hermético puede ser tomado, en un mundo que cree repudiarla pero que se vale a cada ins-tante de la poesía, por el más decantado de los lenguajes. De allí quizás que esas personas que suelen callar porque nada tienen qué decir, sean tenidas a menudo por dechados de sabiduría. ¿Y qué decir de los guiños de ojos, de la furia de las miradas, de los codazos disimulados, de ese minúsculo punto que, en una carta de recomendación, alerta al destinatario sobre su carácter forzado y su nula sin-ceridad, como narraba Balzac en su César Birotteau?
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