ENSAYOS COMPLETOS (TOMO II) - FRAGMENTO
Sueño Ético en Atenas

Tal vez la definición más estimulante que se haya aventurado de la filosofía como menester humano, la prodigó a comienzos del siglo XVIII el filósofo inglés An-thony Ashley Cooper Shaftesbury, al decir que era “el estudio de la felicidad”. Su campo, sin embargo, no sólo ha rebasado con creses el examen de los actos de los hombres en función de la dicha o desdicha que les granjean, sino que, en un comienzo, poseyó un sabor netamente cosmogónico. Así, pues, es posible que haya atinado más Wundt cuando afirmó que era el esfuerzo por “alcanzar una in-tuición universal del mundo y de la vida, que satisficiera las exigencias de nuestra razón y las necesidades de nuestro sentimiento”.

Ahora bien, desde el punto de vista moral, los empeños filosóficos sí han perse-guido, a lo largo de los tiempos, una especie de ciencia de la felicidad. Si bien los primeros pensadores griegos (Tales de Mileto, Anaxímenes, Diógenes de Apolonia, Empédocles de Agrigento) se esforzaron más por buscar la esencia del universo, atribuyéndole al agua, al aire, al fuego, al nóus, el principio de las cosas, ya Heráclito entre los siglos VI y V a. d. C. bosquejó un ademán de pesquisa en la relación del universo con la conducta humana, al crear la idea del devenir (“nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”), según la cual, y nótese la proximidad a Confucio, lo único verdadero y real es la transformación.