SUS MEJORES CUENTOS - FRAGMENTO (CONTINUACIÓN)

El Hombre

Y se reanudó la conversación donde se había interrumpido.
Esa noche tarde en conciliar el sueño. Mi madre trató de ayudarme, leyén-dome una historia de gnomos. Pero yo estaba asustado ahora. Simplemente, sentía infinita piedad por el hombre. Me preguntaba si el hecho de no poder morir justificaba el que fuese tratado de ese modo.

Seguí haciéndome la pregunta por largos años. Bien que jamás volví a verlo, su ademán de súplica me perseguía como un remordimiento. Unos dos lus-tros después de aquella escena, y tras la muerte de la abuela y de la tía Francina, a quien consumió el cáncer, mi familia se mudó a un barrio moder-no, de bajas construcciones. Por ese entonces, yo me había ido a estudiar al exterior y sólo cuando regresé, ya graduado, me pregunté qué habría sido del hombre. En la nueva casa no tenía cabida; al estilo americano. Mis pa-dres habían montado hogar por separado y, cuando trate de indagar con ellos, me dieron respuestas deliberadamente vagas. A la sazón, me di, con gente de la academia de historia, hacer averiguaciones acerca del habitante del altillo. Se me indicó que don Pepino, según las crónicas disponibles, ha-bía sido un solterón muy mujeriego, que en el mundillo local descolló como poeta y como hombre de delatados ocios y juergas. Y, en efecto, en la co-lección de cierto periódico de hacia casi un siglo, encontré notas de socie-dad en las cuales su nombre campeaba y, en una pagina femenina, un soneto alejandrino en loor de cierta dama, muy parnasiano y con rimas rarísimas. También asombrosamente, ttopé con su obituario en un ejemplar del diecio-