Mi presencia en el convento de San Simón no duraba todavía un semestre , o sea, que era yo apenas una novia, la tarde en que la hermana Nicolasa, desembrollando un poco la madeja de sus delirios habituales, reparó en mí y se quedó mirándome como atrapada por una punzante iluminación. No tardo aquello más de dos o tres minutos, pero la vieja se fue poniendo muy colorada, con los ojos muy fijos en mí, y de pronto soltó una frase que no comprendí del todo, algo así como si me alertara sobre un peligro cercanísi-mo, sobre una especie de profanación que estuviese a punto de cometer, pero no estaba en sus manos evitar esa alegre muchacha provinciana que era yo: una suerte de ocurrencia medio fatal y medio diabólica. Yo acababa de morder una ciruela y me hallé en un tris de arrojársela cuando la vi con-gestionada y mirándome con aquella fijeza, de una manera tan impertinente y desvergonzada. Hacía, después de todo, varias semanas que frecuentaba el patio por las tardes y ella nunca parecía verme siempre inclinada sobre la batea y tratando de blanquear hasta la pureza las piezas de márfaga y de te-las pobrísimas con que cubren las hermanas sus cuerpos macilentos.
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