Se apellidaban Pájaro y, en verdad, parecían, por su aspecto luctuoso, pájaros de mal agüero. Pero eran dos buenas señoritas, ya cincuentonas, a quienes la tragedia había sacudido de una manera, para ellas, insólita y despiadada. |
No sabía qué secreta ceremonia o servicio las citaba semanalmente en casa de mi abuela, en la ya mediocre y bullanguera calle de la media luna. Ignoro si, para sostenerse, cosían ropa o si su industria se cifraba en alguna receta familiar de merengues o de pasteles. Todos los lunes entraban primero en el colegio Biffi, regentado por monjas y sitio frente a nuestra casa, donde tar-daban no más de media hora; luego atravesaban púdica y meticulosamente la calle y se encaminaban por nuestro mohoso zaguán, ladradas por la perra Betty. Con mi abuela permanecían hora u hora y media en la recámara, ha-blando en cuchicheos. No llegaron a despertar en mí sentimiento alguno, sal-vo un miedo borroso, no a ellas, sino a su luto pertinaz. Eran flacas y largas, como institutrices de una novela inglesa. Su ropa negra - muy abotonada - y sus rostros macilentos desentonaban en aquella ciudad tropical, en cuyas calles de cemento reverberante pululaba la alegría afrocaribe. En otras face-tas, me resultaban indiferentes. Jamás me dirigieron la palabra ni alteraron mis juegos cerebrales, que hilvanaba junto a los tiestos de helechos del corredor. Algunas veces, abandonaban la casa enjugando sus lagrimas con pañuelos de encaje. Otras hablando con resignación de tristezas de la parroquia.
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